domingo, 14 de septiembre de 2008

El Evangelio de hoy

Juan 3:14-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: "Lo mismo que Moisés, que elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen el Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él."



¿Qué me estás diciendo, Señor?
Reflexiones sobre la lectura de hoy

La Cruz, una signo de vergüenza, es también un signo de esperanza.
Muchas oraciones e himnos ruegan para que la Cruz nos sostenga en tiempos difíciles, como el verso del himno:
"Levanta Tu Cruz frente a mis ojos moribundos, brilla a través de la bruma y señálame el camino al Cielo".
La Cruz ha sido, para muchos en tiempos de oscuridad, el signo de que Jesús ha compartido lo peor de nuestras vidas.
La imagen en la Cruz, de la Iglesia naciente, era la de Jesús Resucitado.
A veces era vestido como sacerdote, y parece ser parte del origen de la festividad del Triunfo de la Cruz:
es el signo que el amor triunfa sobre el odio; que la compasión de Dios era tan fuerte que Jesús perdonó a todos los que lo hirieron, y que el soldado romano, al pié de la Cruz dijera:
"Verdaderamente era el Hijo de Dios."
Espacio Sagrado