martes, 1 de septiembre de 2015

Francisco concede a todos los sacerdotes la facultad de absolver el pecado del aborto


El Papa da por válidas las confesiones con curas lefebvrianos durante el Año de la Misericordia


Bergoglio pone facilidades para alcanzar el Jubileo, especialmente a enfermos, presos y ancianos


(Jesús Bastante).- "Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazónuna cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa". El Papa Francisco concederá atodos los sacerdotes católicos la facultad de absolver del pecado del aborto durante el Año de la Misericordia. El aborto es uno de los denominados "pecados reservados", cuyo perdón compete única y exclusivamente al obispo o a un sacerdote delegado por éste.
La decisión de Francisco, explicitada en una carta a Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, responde al deseo de que "el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz". El Año de la Misericordia arranca el 8 de diciembre.
"El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre", subraya el Papa, refiriéndose expresamente a las mujeres que abortan. "Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia", añadió.
La carta también incluye otra novedad, referente a la fraternidad de San Pío X, más conocidos como lefebvrianos. "Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie", incidió el Papa, quien reclama que "en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad". Por ello, "establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados".
A su vez, Bergoglio invita a que el peregrinaje pueda darse en todas las diócesis, y que el momento jubilar vaya unido a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. "Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa", apunta en su carta el Papa, quien también se dirige "a los presos, que experimentan la limitación de su libertad".
"El Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta", escribe, indicando que "en las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad".
Carta del Papa Francisco al presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización
Al venerado hermano Monseñor Rino Fisichella Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización
La cercanía del Jubileo extraordinario de la Misericordia me permite centrar la atención en algunos puntos sobre los que considero importante intervenir para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes. Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz.
Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis, o como peregrinos en Roma, vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido. Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.
Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad. Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar. Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad. El Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta. Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.
He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar. De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.
La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.
Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo. Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza. El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.
Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.
Confiando en la intercesión de la Madre de la Misericordia, encomiendo a su protección la preparación de este Jubileo extraordinario.
Vaticano, 1 de septiembre de 2015.
FRANCISCUS

Texto del anuncio de Francisco del Jubileo de la Misericordia



RD

Papa Fco. en Santa Marta. "El consuelo cristiano está en Jesús y no en las palabrerías". Audio, video


Francisco retoma las misas matutinas en Casa Santa Marta


"Él vendrá a encontrarme para que yo lo vea con estos ojos y esté siempre con Él"


Francisco en Santa Marta: En nuestras parroquias se habla de Dios o se cotillea


Tras la pausa del verano, el papa Francisco retomó esta mañana la celebración de la misa matutina en la capilla de la Casa Santa Marta acompañado de un pequeño grupo de fieles.
Reflexionando sobre la carta de san Pablo a los cristianos de Tesalónica, propuesta por la liturgia del día, Francisco explicó, en su homilía, que la esperanza en el encuentro final con Cristo debe reforzarse entre los cristianos gracias al "consuelo" recíproco dado mediante "buenas palabras y buenas obras" y no con "palabrerías" inútiles.
Una fe cierta en el encuentro final con Cristo, -señala el texto difundido por Radio Vaticana-, más fuerte que la duda y tan firme que alegre cada jornada no se enraíza en las palabrerías y futilidades, sino en la "consolación" que los cristianos saben darse "recíprocamente" en Jesús.
El papa Francisco consideró el comportamiento de la antigua comunidad de Tesalónica, a la que se refiere el pasaje de la carta de San Pablo propuesta por la liturgia del día. Una comunidad "inquieta" -dijo- que preguntaba al Apóstol acerca del "cómo" y del "cuándo" del regreso de Cristo, así como qué destino les tocaría a los muertos y del que incluso había sido necesario decir: "Quien no trabaja, que no coma".
Francisco destacó que San Pablo afirma que el "día del Señor" llegará de improviso "como un ladrón", pero también añade que Jesús vendrá a traer la salvación a quien cree en Él. Y concluye: "Consuélense recíprocamente y sean de ayuda unos a otros". Y es precisamente este consuelo -reafirmó el Papa- "el que da la esperanza":
"Éste es el consejo: ‘Consuélense. Consuélense recíprocamente. Hablar de esto: pero yo les pregunto: ¿nosotros hablamos de esto, que el Señor vendrá, que nosotros lo encontraremos a Él? ¿O hablamos de tantas cosas, incluso de teologías, de cosas de Iglesia, de curas, de monjas, de monseñores, todo esto? Y nuestro consuelo ¿es esta esperanza? ‘Consuélense recíprocamente': consuélense en comunidad. En nuestras comunidades, en nuestras parroquias, ¿se habla de esto, que estamos en espera del Señor que viene? ¿O se habla de esto, de aquello, de aquella, para pasar un poco el tiempo y no aburrirse demasiado?".
En el Salmo responsorial -prosiguió diciendo el Pontífice- "hemos repetido: ‘Estoy seguro de contemplar la bondad del Señor en la tierra de los vivos'. ¿Pero tú -preguntó el Papa-tienes aquella certeza de contemplar al Señor?". El ejemplo de imitar a Job, que a pesar de sus desventuras afirmaba con decisión: "Yo sé que Dios está vivo y que lo veré, y lo veré con estos ojos":
"Es verdad, Él vendrá a juzgarme y cuando vamos a la Sixtina vemos aquella bella escena del Juicio final, es verdad. Pero pensemos también que Él vendrá a encontrarme para que yo lo vea con estos ojos, lo abrace y esté siempre con Él. Ésta es la esperanza que el Apóstol Pedro nos pide que expliquemos a los demás con nuestra vida, que demos testimonio de esperanza. Éste es el verdadero consuelo, ésta es la verdadera certeza: Estoy seguro de contemplar la bondad del Señor".
Como San Pablo a los cristianos de ayer, el papa Francisco se hizo eco del consejo a aquellos de la Iglesia de hoy: "Consuélense recíprocamente con las buenas obras y ayúdense unos a otros. Y así iremos adelante:
"Pidamos al Señor esta gracia: que aquella semilla de esperanza que ha sembrado en nuestro corazón se desarrolle, crezca hasta el encuentro definitivo con Él. "Yo estoy seguro de que veré al Señor'. ‘Yo estoy seguro de que el Señor vive'. ‘Yo estoy seguro de que el Señor vendrá a verme': y éste es el horizonte de nuestra vida. Pidamos esta gracia al Señor y consolémonos unos a otros con las buenas obras y las buenas palabras, por este camino", concluyó.
(RD/Aica)

El consuelo cristiano está en Jesús y no en las palabrerías, dijo el Papa


Escuchar audio aquí

(RV).- La esperanza en el encuentro final con Cristo debe reforzarse entre los cristianos gracias al “consuelo” recíproco dado mediante “buenas palabras y buenas obras” y no con “palabrerías” inútiles. Lo afirmó esta mañana el Papa Francisco en su homilía al reanudar, tras la pausa de verano, la celebración de la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta con la participación de un pequeños grupo de fieles.
Una fe cierta en el encuentro final con Cristo más fuerte que la duda y tan firme que alegre cada jornada no se enraíza en las palabrerías y futilidades, sino en la “consolación” que los cristianos saben darse “recíprocamente” en Jesús.
El Papa Francisco consideró el comportamiento de la antigua comunidad de Tesalónica, a la que se refiere el pasaje de la carta de San Pablo propuesta por la liturgia del día. Una comunidad  “inquieta” – dijo –  que preguntaba al Apóstol acerca del “cómo” y del “cuándo” del regreso de Cristo, así como qué destino les tocaría a los muertos y del que incluso había sido necesario decir: “Quien no trabaja, que no coma”.
Las palabrerías no consuelan
Francisco destacó que San Pablo afirma que el “día del Señor” llegará al improviso “como un ladrón”, pero también añade que Jesús vendrá a traer la salvación a quien cree en Él. Y concluye: “Consuélense recíprocamente y sean de ayuda unos a otros”. Y es precisamente este consuelo – reafirmó el Papa – “el que da la esperanza”:
“Éste es el consejo: ‘Consuélense. Consuélense recíprocamente. Hablar de esto: pero yo les pregunto: ¿nosotros hablamos de esto, que el Señor vendrá, que nosotros lo encontraremos a Él? ¿O hablamos de tantas cosas, incluso de teologías, de cosas de Iglesia, de curas, de monjas, de monseñores, todo esto? Y nuestro consuelo ¿es esta esperanza? ‘Consuélense recíprocamente’: consuélense en comunidad. En nuestras comunidades, en nuestras parroquias, ¿se habla de esto, que estamos en espera del Señor que viene? ¿O se habla de esto, de aquello, de aquella, para pasar un poco el tiempo y no aburrirse demasiado?”.
El Juicio y el abrazo
En el Salmo responsorial – prosiguió diciendo el Pontífice – “hemos repetido: ‘Estoy seguro de contemplar la bondad del Señor en la tierra de los vivos’. ¿Pero tú  – preguntó el Papa – tienes aquella certeza de contemplar al Señor?”. El ejemplo de imitar a Job, que a pesar de sus desventuras afirmaba con decisión: “Yo sé que Dios está vivo y que lo veré, y lo veré con estos ojos”:
“Es  verdad, Él vendrá a juzgarme y cuando vamos a la Sixtina vemos aquella bella escena del Juicio final, es verdad. Pero pensemos también que Él vendrá a encontrarme para que yo lo vea con estos ojos, lo abrace y esté siempre con Él. Ésta es la esperanza que el Apóstol Pedro nos pide que expliquemos a los demás con nuestra vida,  que demos testimonio de esperanza. Éste es el verdadero consuelo, ésta es la verdadera certeza: Estoy seguro de contemplar la bondad del Señor”.
El consuelo de buenas palabras y obras
Como San Pablo a los cristianos de ayer, el Papa Francisco se hizo eco del consejo a aquellos de la Iglesia de hoy: “Consuélense recíprocamente con las buenas obras y ayúdense unos a otros. Y así iremos adelante:
“Pidamos al Señor esta gracia: que aquella semilla de esperanza que ha sembrado en nuestro corazón se desarrolle, crezca hasta el encuentro definitivo con Él. “Yo estoy seguro de que veré al Señor’. ‘Yo estoy seguro de que el Señor vive’. ‘Yo estoy seguro de que el Señor vendrá a verme’: y éste es el horizonte de nuestra vida. Pidamos esta gracia al Señor y consolémonos unos a otros con las buenas obras y las buenas palabras, por este camino”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Francisco en Santa Marta: En nuestras parroquias se habla de Dios o se cotillea



Francisco retomó la celebración pública de su misa diaria en Casa Santa Marta comentando un pasaje del Nuevo Testamento que pone en evidencia un defecto de las primeras comunidades cristianas: Hablaban mucho de Dios pero no era el centro de sus vidas. 

FRANCISCO
"En nuestras comunidades, en nuestras parroquias: ¿se habla de esto, de que estamos esperando al Señor que viene? ¿O se cotillea de esto, lo otro o de esta para pasar un poco el tiempo y no aburrirse demasiado?”.

Francisco aconsejó poner en práctica la recomendación que San Pablo hace a estas comunidades: hablar menos y quererse más los unos a los otros con obras concretas y siempre con la mirada puesta en Dios.

LECTURAS PARA EL DÍA DE HOY



Lectura Misa del Dia Martes 01 de Septiembre de 2015


PRIMERA LECTURA
1 Tesalonicenses: 5, 1-6. 9-11
Jesucristo murió por nosotros para que vivamos con Él.
Hermanos: Por lo que se refiere al tiempo y a las circunstancias de la venida del Señor, no necesitan que les escribamos nada, puesto que ustedes saben perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando la gente esté diciendo: "¡Qué paz y qué seguridad tenemos!", de repente vendrá sobre ellos la catástrofe, como de repente le vienen a la mujer encinta los dolores del parto, y no podrán escapar.
Pero a ustedes, hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas.
Por lo tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente. Porque Dios no nos ha destinado al castigo eterno, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo. Porque Él murió por nosotros para que, cuando Él vuelva, ya sea que estemos vivos o hayamos muerto, vivamos siempre con Él. Por eso anímense mutuamente y ayúdense unos a otros a seguir progresando, como de hecho ya lo hacen. 
Palabra de Dios

SALMO
Del salmo 26
El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién voy a tenerle miedo?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién podrá hacerme temblar? R/.
Lo único que pido,
lo único que busco es vivir
en la casa del Señor toda mi vida,
y estar continuamente en su presencia. R/.
La bondad del Señor
espero ver en esta misma vida
Ármate de valor y fortaleza
y en el Señor confía. R/.

EVANGELIO
San Lucas: 4, 31-37
Sé que tú eres el Santo de Dios.
En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: "¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios".
Pero Jesús le ordenó: "Cállate y sal de ese hombre". Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: "¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen". Y su fama se extendió por todos los lugares de la región. 
Palabra del Señor

jueves, 20 de agosto de 2015

Juan Masiá sj: "Se acerca el Sinodo, repensemos el matrimonio en cuatro tiempos"


"Hay que revisar la manera distorsionada de entender los sacramentos"


Promesa interpersonal, acuerdo social, símbolo sacramental y tarea biográfico-familiar


(Juan Masià sj).- Se acerca el Sínodo y se reiteran las propuestas a favor y en contra de revisar doctrina y prácticas eclesiales sobre acogida sacramental de personas en nuevas nupcias tras divorcio. Pero antes de argumentar en pro o en contra, repensemos el tema central de la fidelidad a la promesa, punto de partida anterior a las doctrinas teológicas y prescripciones canónicas sobre la indisolubilidad del vínculo.
Para cuidar la fidelidad y proteger su fragilidad, reflexionemos sobre la unión esponsal como don y tarea. La sinfonía del "sí, quiero" de los cónyuges, se despliega en cuatro tiempos: promesa interpersonal, acuerdo social, símbolo sacramental y tarea biográfico-familiar.
Para proponerla no bastará un simple post, habrá que alargarse esta vez en una columna.
En el lenguaje de los canonistas se designa como "defensa del vínculo" la incumbencia jurídica de protegerlo. Pero la tarea humana y eclesial de proteger el enlace conyugal (o, en su caso, el desenlace) es más amplia. Compete a tres instancias, por lo menos: la conciencia responsable de los cónyuges, las instituciones protectoras de la justicia y el cuidado pastoral-sacramental de las personas en la vida de las comunidades creyentes. Situemos la cuestión más allá del debate sobre la validez de un vínculo jurídico o de una doctrina sobre la indisolubilidad (para algunas teologías, intocable; para otras, evolucionable y que debe evolucionar).
El problema no se resuelve, ni negando ni permitiendo el acceso a los sacramentos. Hay que revisar la evolución histórica de la vida sacramental, la manera distorsionada de entender confesión, comunión, penitencia, matrimonio, potestad reconciliadora, etc... Sin hacer esa revisión no serviría de nada, ni el permitir lo que hasta ahora no se permitía, ni tampoco el prohibirlo.
Digámolo con un ejemplo concreto. Dice el teólogo X. que no se debe admitir a la comunión a esta pareja porque su convivencia es pecado. Le arguye el teólogo Y. diciendo que sí se les debe admitir, porque Dios no se cansa de perdonar. Pero a uno y otro teólogo hay que cuestionarles: ¿Y quién les ha dicho a ustedes que esa pareja está conviviendo en pecado? Como decían los medievales en sus controversios: Con el debido respeto, niego la premisa mayor (salva reverentia, nego maiorem). Pero temo que tengamos demasiado miedo a poner en entredicho premisas mayores..
Se produce confusión en los debates sobre matrimonio y divorcio, convivencias y separaciones, nulidades y anulaciones, reconocimiento del divorcio y nuevas nupcias civiles, así como sobre la aceptación, discernimiento y acompañamiento de tales situaciones por parte de la comunidad eclesial. Para evitarlas habrá que articular la relación entre los aspectos éticos, legales, religiosos y biográficos del cuidado de la fidelidad y responsabilidad con relación a la promesa.
La sinfonía del consentimiento conyugal se desarrolla en cuatro tiempos, correspondientes: 1) al aspecto interpersonal del consentimiento como promesa; 2) a la expresión legal, como contrato; 3) al aspecto ritual -comunitario, simbólico, sacramental-; y 4) al aspecto temporal y biográfico-familiar .
¿Qué instancias protegen la promesa en sus cuatro tiempos? En primer lugar, la garantía y protección de esa promesa es responsabilidad de la conciencia de los cónyuges en el terreno de la ética inter-personal, "promesa anterior a la promesa" (Ricoeur).
En segundo lugar, es competencia del derecho amparar el contrato civil y aspecto institucional de la promesa ante la sociedad.
En tercer lugar, la comunidad eclesial que, junto al apoyo de familia y amistades, acompaña a los novios ante el altar, da testimonio del sentido comunitario y trascendente del lazo símbólico anudado por los cónyuges para prometerse mutuamente llevar a cabo la unión de una persona en dos personas.
En cuarto lugar, la conciencia responsable de los cónyuges apoya, durante el desarrollo biográfico de la vida familiar, la realización de la tarea prometida (o, en su caso, la reconciliación tras una ruptura o la cancelación tras una ruptura irreversible).
Incumbe a la ética la responsabilidad interpersonal de salvaguardar la promesa; interpelará desde la conciencia e impulsará con el amor para garantizar su realización. El derecho intervendrá para asegurar el cumplimiento del contrato y proteger la seguridad jurídica de cónyuges y familia. La Iglesia, al bendecir litúrgicamente la unión y acompañar pastoralmente a los cónyuges antes, en y durante el camino de su unión, atestigua la gracia divina para el arraigo y fructificación del símbolo sacramental en la vida de los esposos o para su eventual necesidad de reconciliación, sanación o rehabilitación y reanudación del camino.
La promesa de los cónyuges es personal y responsable. Lo que prometen no es solo proporcionarse mutuamente alguna cosa o hacer algo el uno por el otro, sino seguir siendo uno mismo (ipse) ante y con la otra persona en el futuro, aun cuando las circunstancias que condicionen a cada uno no sean las mismas (idem) que antes (Ricoeur).
Esta capacidad de comprometerse es a la vez fuerte y frágil. Fuerte, porque supone la capacidad del sujeto para comprometerse definitivamente. Frágil, porque son imprevisibles las circunstancias que eventualmente pondrán en peligro su cumplimiento.La pareja trepa por la montaña de la vida y solo puede demostrar el logro de la indisolubilidad de su unión cuando ha llegado a la cumbre. El estribillo del canto nupcial: "hasta que la muerte nos separe", debería ser más bien: "hasta que la compleción de la vida consume nuestra unión" "hasta que la vida consumada convierta nuestra unión en lazo irrompible".
La promesa es vulnerable. Las personas que se afirman a sí mismas y se afirman mutuamente empeñan su palabra y libertad vulnerables y, por lo tanto, frágiles y expuestas a la ruptura. Solo pueden decirse mutuamente : "hoy te elijo a tí para siempre", si reiteran así: "y elijo seguir eligiéndote". Si se re-eligen así a diario, convertirán la unión en indisoluble a lo largo de toda una vida.
Esta es la indisolubilidad antropológica en el horizonte del futuro, irreductible a la noción de indisolubilidad jurídica como acreditación de un vínculo contraído en el pasado. Si la indisolubilidad matrimonial se entendiera antropológica y evangélicamente como don y vocación (cf. Relatio Synodi, 2014, nn. 14-16, 21), sería fácil aceptar que la acogida sacramental de personas divorciadas vueltas a casar civilmente es posible y compatible con la situación canónica (hoy por hoy sin resolver) de la indisolubilidad jurídica de un matrimonio ratum et consummatum entre personas bautizadas, tal como lo considera el vigente derecho canónico (CIC, c. 1056, 1141).
Aunque la Iglesia, desde el punto de vista del derecho canónico, no reconociese la disolución del primer matrimonio y no celebrase canónicamente las segundas nupcias, nada impediría acoger sacramentalmente a esas personas, e incluso celebrar pastoral y litúrgicamente una bendición de quienes ya están socialmente constituidos como familia con todos sus derechos civilmente reconocidos.
El "sí" de los contrayentes en la ceremonia nupcial no es el punto cero de la unión, sino la renovación formal de aquel primer sí de los novios (primer tiempo, en la intimidad del día de la declaración y aceptación mutua ) que inició el proceso de convivencia; y es también su confirmación pública ante la sociedad (segundo tiempo) y ante la comunidad que comparte el simbolismo trascendente (tercer tiempo) de la comunión íntima de dos personas en una, cuya realización se lleva a cabo temporal, biográfica y familiarmente a lo largo de la vida, re-eligiendo cada día la elección originaria (cuarto tiempo).
La promesa, por su fragilidad, se puede romper. El ser humano capaz de prometer, es capaz de traicionar la promesa, y es también capaz de reconocerlo, pidiendo y recibiendo perdón. En una situación de imposibilidad del cumplimiento de la promesa o de interrupción del proceso de cumplimiento, pueden producirse diversos escenarios de desenlaces: ruptura irresponsable, cancelación de mutuo acuerdo o petición y concesión mutuas de perdón, sanación humana y sacramental de las heridas que dejó la situación de ruptura (tanto si fue culpable como si no lo fue). En caso de ruptura irreversiblemente inevitable persistirá la exigencia de sanación de las heridas y rehabilitación de las personas.
En los debates sobre el vínculo matrimonial, impropiamente llamado indisoluble (sin distinguir el uso jurídico y el teológico de esta noción), se echa de menos esta reflexión antropológica recién esbozada aquí (que puede y debe acompañar a la reflexión evangélica, sacramental y pastoral).
Desde ambas perspectivas, antropológica y evangélica, se asumiría con lucidez y serenidad, acompañadas de misericorida, el carácter procesual de la relación de "dos personas uniéndose" en "comunión de vida y amor". La indisolubilidad matrimonial (no jurídica, sino antropológica) se verá más como vocación y meta de la fidelidad prometida, que como propiedad derivada exclusivamente de un compromiso canónicamente confirmado.
Incluso desde la perspectiva del vínculo confirmado social y religiosamente, sería posible repensarlo como "no disoluble injusta e irresponsablemente", en vez de insistir en entenderlo como "indisoluble absolutamente". Lo que deseamos convertir en irrompible, "re-anudándolo" día a día, no es un vínculo físico, óntico o legal, sino un lazo de unión interpersonal. El lazo de unión hasta la muerte se puede deshacer, no por la muerte física de uno de los cónyuges, sino por la muerte de la relación.
Por estar íntimamente vinculada a la relación, la indisolubilidad puede morir con ella. El vínculo no es un objeto que defender, o una doctrina que reconocer, o una norma que obedecer, sino una relación que cuidar. Su muerte producirá sufrimiento y requerirá un duelo y una sanación. No habrá que atribuirla necesariamente a un pecado o a una enfermedad; podrá ser solo un accidente.
La unión y consumación personal de esta relación es un proceso que lleva tiempo y, a veces, se interrumpe a mitad de camino y muere con ella. Unas veces, por causa de una de las partes; otras veces, por causa de las dos partes; otras veces, sin ser por causa de ninguna de las dos partes, sino debido a circunstancias y vicisitudes externas.
Si la ruptura es reparable, se buscará recomponer lo vulnerado. Si es irreversible, habrá que buscar sanación para ambas partes y apoyo para rehacer el camino de la vida. La acogida eclesial de las personas en esa etapa será de acompañamiento al proceso de sanación (no necesariamente penitencial, como propone tímidamente la ponencia de Kasper, que se queda corto...); podrá ser de reconciliación penitencial, en algunas ocasiones; pero otras veces, sin culpa que reconocer, será cuestión de una rehabilitación curativa o de un apoyo humano y espiritual para volver a empezar.
RD

domingo, 16 de agosto de 2015

Francisco: "Jesús se identifica con aquel pan partido y compartido". Video y audio Angelus. Palabras del Papa antes del rezo del Angelus


"La finalidad de la Eucaristía es que podamos convertirnos en una sola cosa con Él"


"Es un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurrección de Jesús"


(RV).- Miles de peregrinos acompañaron en el tercer domingo de agosto al Papa Francisco a la hora de la oración del Ángelus en la Plaza de San Pedro, donde el Obispo de Roma reflexionó sobre el Evangelio de Juan, en el que se lee cómo Jesús se presenta como "el pan vivo bajado del cielo".
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54), leyendo éste fragmento del Evangelio, Papa Francisco explicó a los fieles que este pan partido es el "signo" del Sacrificio, que tiene su punto culmine en la Última Cena, donde el pan y el vino se transforman realmente en su cuerpo y sangre. Y así añade Francisco, que en la Eucaristía nos transformamos en uno solo con Jesús, y ésta es nuestra finalidad.
En este sentido el Papa reflexionó sobre para qué sirve la Misa. Explicó que la Eucaristía es un "memorial", es decir un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurección de Jesús.
Antes de rezar la oración mariana, pidió para que la Virgen María nos ayude a nutrirnos siempre con la fe de Jesús, el Pan de la Vida.

Palabras del Santo Padre antes del rezo del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos dias!
En estos domingos la Liturgia nos está proponiendo, del Evangelio de Juan, el discurso de Jesús sobre el Pan de la vida, que es Él mismo y que es también el sacramento de la Eucaristía. El pasaje de hoy (Jn 6,51-58) presenta la última parte de ese discurso, y hace referencia de algunos entre la gente que se escandalizan porque Jesús dice: « El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). El estupor de los que lo escuchan es comprensible; de hecho Jesús usa el estilo típico de los profetas para suscitar en la gente - y también en nosotros - interrogantes y, al final, una decisión. Ante todo preguntas: ¿qué cosa significa "comer la carne y beber la sangre" de Jesús?, ¿es sólo una imagen, un símbolo, o indica algo real? Para responder, es necesario intuir qué cosa ocurre en el corazón de Jesús mientras parte el pan para la muchedumbre hambrienta. Sabiendo que deberá morir sobre la cruz por nosotros, Jesús se identifica con aquel pan partido y compartido, y eso se convierte para Él en el "signo" del Sacrificio que lo espera. Este proceso tiene su cúlmen en la Última Cena, donde el pan y el vino se transforman realmente en su Cuerpo y en su Sangre. Es la Eucaristía, que Jesús nos deja con una finalidad precisa: que nosotros podamos convertirnos en una sola una cosa con Él. De hecho dice: « El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él » (v. 56). La comunión es asimilación: comiéndolo a Él, nos transformamos en Él. Pero esto requiere nuestro "si", nuestra adhesión de fe.
A veces, con respecto a la santa Misa, se siente esta objeción: "¿Para qué sirve la Misa? Yo voy a la iglesia cuando tengo ganas, y rezo mejor solo". Pero la Eucaristía no es una oración privada o una bella esperiencia espiritual, no es una simple conmemoración de aquello que Jesús ha hecho en la Última Cena: la Eucaristía es "memorial", o sea un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurrección de Jesús: el pan es realmente su Cuerpo ofrecido, el vino es realmente su Sangre derramada.
La Eucaristía es Jesús mismo que se dona totalmente a nosotros.Nutrirnos de Él y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de aquel "Pan de vida" significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor oblativo y convertirnos en personas de paz, de perdón, de reconciliación, de compartir solidario.
Jesús concluye su discurso con estas palabras: «El que come de este pan vivirá eternamente» (Jn 6,58). Si, vivir en comunión concreta, real con Jesús sobre esta tierra nos hace ya pasar de la muerte a la vida; y de esta forma cerramos los ojos a este mundo en la certidumbre que el último día escucharemos la voz de Jesús Resucitado que nos llamará, y nos despertaremos para estar siempre con Él y con la gran familia de los santos.
En el Cielo ya nos espera Maria nuestra Madre - ayer hemos celebrado este misterio. Ella nos obtenga la gracia de nutrirnos de Jesús, Pan de la vida, siempre con fe.


Saludos del Papa a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro:
Queridos hermanos y hermanas
Les saludo a todos con afecto, romanos y peregrinos: las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones, los jóvenes.
Saludo al grupo folclórico "Organización de arte y cultura mexicana", los jóvenes de Verona que están viviendo una experiencia de fe en Roma, y a los fieles de Beverare.
Dirijo un saludo especial a los numerosos jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano, reunidos en Torino en los lugares de San Juan Bosco para celebrar el bicentenario de su nacimiento, les animo a vivir en la cotidianidad la alegría del Evangelio, para generar esperanza en el mundo.
A todos les deseo un buen domingo. Y por favor, ¡no se olviden de rezar por mí! Buen almuerzo y hasta la vista.


Palabras del Santo Padre antes del rezo del Ángelus
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Saludos del Papa a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro: 


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Angelus Domini 2015.08.16

ENCUENTROS CON LA PALABRA con Hermann Rodriguez sj. “(...) el que come de este pan, vivirá para siempre”



Hace algunos años visité, en la república de El Salvador, a una religiosa colombiana que trabaja en medio de una comunidad popular, a las afueras de San Salvador. Visité en su compañía muchas familias campesinas en el cantón El Limón. En un momento del recorrido, llegamos a la casa de un señor que estaba golpeando con un garrote un costal repleto de mazorcas, con el fin de desgranarlas. Cuando el hombre vio que llegaba la hermanita con un acompañante que no conocía, se sintió muy mal y nos pidió excusas por estar haciendo lo que estaba haciendo... Cuando supo que yo era sacerdote, más avergonzado lo percibí... pero yo me quedé sin entender qué pasaba. Después de dejar su casa, la hermana me comentó que el señor se había sentido mal porque lo habíamos sorprendido golpeando el maíz, cosa que es considerada como una ofensa a un ser vivo, casi personal. El maíz, para los pueblos mexicanos y mesoamericanos es base del sustento, elemento central de la economía, y parte esencial de su relación con lo sagrado.
Un fragmento del Popol Vuh, libro venerado por el pueblo maya, dice lo siguiente: "A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados". Esta manera de entender la creación del hombre y la mujer, que proceden del maíz, explica la reverencia con la que los campesinos centroamericanos tratan este producto de la tierra. Entre los pueblos suramericanos existe una concepción similar y un respeto tan arraigado como el que se vive entre los descendientes de los mayas.
Tal vez esta concepción del maíz nos ayude a entender lo que quiso enseñarnos Jesús cuando le decía sus oyentes: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propia carne. Lo daré por la vida del mundo”. El discurso sobre el pan de la vida, como se conoce este fragmento del evangelio según san Juan que hemos ido leyendo durante los últimos domingos, resalta el valor de la entrega de Jesús a su pueblo, simbolizado en el pan eucarístico que compartimos en la mesa de la fraternidad. No se trata simplemente del pan como alimento que sustenta la vida, sino del pan hecho entrega hasta la muerte, para la vida del mundo.
Por esto, más adelante, el Señor insiste: “Les aseguro que si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él; de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí”. Cuando participamos de la comunión y recibimos el cuerpo del Señor en la eucaristía, nos unimos a él en esta entrega para la vida del mundo. El pan eucarístico es sagrado porque es el pan de la vida y el pan de la entrega, que nos comunica la misma vida de Dios.
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Encuentro con la Palabra
RD

LECTURAS PARA EL DÍA DE HOY. Buen domingo para todos



PRIMERA LECTURA

LECTURA DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS 9, 1-6

Hoy, el Libro de la Proverbios –es la primera lectura--nos ofrece ya el banquete del saber y del pan, anticipo del que después nos daría el Señor Jesús. Y como en muchas otras ocasiones la primera lectura es como prólogo adecuado del Evangelio que escucharemos después.


La sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas; ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: "Los inexpertos que vengan aquí, voy a hablar a los faltos de juicio: Venid a comer mi pan y a beber mi vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia”.

Palabra de Dios

SALMO 33,
2-3. 10-11. 12-13. 14-15 

El Salmo 33 es un prodigio para mejor entender la relación con Dios. Y eso no es poco. Estamos leyéndolo en estos domingos y hemos de aprenderle bien, pues es una oración bellísima para glorificar las maravillas de nuestro Señor.

R: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, 
su alabanza está siempre en mi boca; 
mi alma se gloría en el Señor: 
Que los humildes lo escuchen y se alegren. R

Todos sus santos, temed al Señor, 
porque nada les falta a los que lo temen; 
los ricos empobrecen y pasan hambre, 
los que buscan al Señor no carecen de nada. R

Venid, hijos, escuchadme: 
os instruiré en el temor del Señor;
¿Hay alguien que ame la vida 
y desee días de prosperidad? R

Guarda tu lengua del mal, 
tus labios, de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella. R


SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 5, 15-20

Continuamos, como en domingos anteriores, leyendo la Carta a los Efesios. Hoy, en el breve fragmento que se lee, San Pablo favorece importancia del banquete eucarístico centrando la necesaria moderación en las cosas del cuerpo. Y nos pide que descubramos, de verdad, lo que el Señor quiere.


Hermanos: 
Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos. Sabed comprar la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere.
No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje; sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor.
Celebrad constantemente la Acción de Gracias a Dios Padre, por todos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

Palabra de Dios


EVANGELIO

Continúa el Evangelio de Juan con el discurso del Pan de Vida. Jesús se va a proclamar para siempre alimento para poder caminar por la senda que lleva a la vida feliz, a la Eternidad en la Gloria de Dios Padre.


Lectura del santo Evangelio según San Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
–Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí:
–¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo:
–Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

Palabra del Señor