lunes, 22 de junio de 2009

LA «QUERIDA HERMANA» DEL PAPA WOJTYLA

ENCONTRADAS maletas llenas de cartas, con la correspondencia entre Juan Pablo II y su amiga psiquiatra


Por José Manuel Vidal
RD
Domingo, 21 de junio 2009


El la llamaba «querida Dusia» (hermana). Ella, «hermano del alma». Durante 55 años, el inolvidable Karol Wojtyla intercambió miles de cartas con su gran amiga y confidente, Wanda Poltwaska. Una correspondencia en la que se palpa la profunda sintonía de dos almas gemelas. Nunca una mujer estuvo tan cerca del corazón de un Papa ni tan dentro de sus más íntimos pensamientos. Misivas que representan un tesoro para descubrir el hondón del Papa Magno, pero que también pueden retrasar su beatificación.


En Roma ya se daba casi por seguro que la proclamación oficial de la santidad de Juan Pablo II sería la primavera del año 2010, quinto aniversario de su muerte. Pero las cartas de Wanda pueden ralentizar la maquinaria burocrática vaticana de la «fábrica de santos». No porque se tema descubrir en las misivas confesiones escabrosas. La amistad del Papa Wojtyla y de la psiquiatra siempre fue pura, limpia y espiritual. Pero sí por la praxis romana de examinar todas las pruebas documentales a fondo antes de proclamar a alguien «ejemplo de santidad».


Y hay maletas llenas de cartas. En una época sin SMS ni e-mails, lo normal era escribir. Y Karol Wojtyla escribió de todo y en abundancia. Incluso cartas muy personales, que Wanda conserva como un tesoro. Y como el legado «de un santo». Parte de esas cartas, las entregó a la Congregación de la Causa de los Santos, que instruye el proceso del Papa Wojtyla. Otra parte, la guarda en su casa de Cracovia. Y otra, la acaba de publicar en un libro, titulado Recuerdos de las Beskidy.


Un «material sensibilísimo», reconoce el cardenal José Saraiva Martins, presidente emérito de la Causa de los Santos. Porque «nosotros trabajamos para la Historia». Y porque un epistolario de tantos años es una narración vital continua y continuada, de la que no puede prescindir el abogado del diablo. Además, Benedicto XVI, mano derecha durante más de dos lustros de Juan Pablo II, quiere hacerlo santo subito, pero «con un riguroso respeto a las reglas». Y examinar con lupa tantas cartas lleva su tiempo.


De hecho, algunos jerarcas de la Iglesia echan chispas contra Wanda. El más dolido es el cardenal Stanislaw Dziwisz, el que fuera secretario personal y auténtica sombra durante cuatro décadas de Juan Pablo II. «Eran misivas personales, no deberían hacerse públicas», explica. Y hasta llegar a acusar a la amiga del Papa de «exhibicionismo» y de «excesivo protagonismo». Pero ella nunca se ha mordido la lengua ni ante un cardenal: «Lo hablé con él antes de su muerte y él quería que diese fe de la verdad». A sus 88 años, Wanda sabe perfectamente lo que quiere: ser fiel a la memoria de su amigo. De su amigo del alma.



PREGUNTAS DE WANDA

«¿Qué tiene de malo la amistad de un sacerdote con una mujer? ¿No es un sacerdote un ser humano?», se pregunta retóricamente Wanda. Porque ella, mejor que nadie, sabe que su amigo Wojtyla fue quizás el primer Papa que siguió siendo hombre. Por eso, rompió muchos tabúes eclesiásticos en relación con la mujer en general y con Wanda, en particular.


Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Wanda Poltwaska es una joven universitaria de 18 años, vinculada a los círculos católicos. Al ver que los nazis invaden su país, se pasa a la resistencia, hasta que es detenida por la Gestapo en 1941. Aunque la torturaron, no delató a nadie. En castigo, fue enviada al campo de concentración femenino de Ravensbrück, en Alemania.


En el infierno sobrevivió cinco años. Cuando regresó a Polonia, quiso dejar constancia de aquel «Mal personificado» y lo contó en un libro, cuyo título lo dice todo: Ravensbrück. Tengo miedo de mis sueños. Recuerda, por ejemplo, que le hacían cargar con sacos de cemento de 80 kilos, que casi la aplastaban bajo su peso, pero que no podía soltar, porque mataría a la compañera que iba detrás con el mismo fardo.



PSIQUIATRA CON 4 HIJOS

«Estábamos como esqueletos y, aunque sólo descansábamos cuatro horas, el hambre era más fuerte que el deseo de dormir». Hasta llegó a ser utilizada como cobaya humana del doctor Karl Gebhardt, después condenado en Nuremberg. «En aquel campo comprendí que el hombre no es automáticamente imagen de Dios», cuenta en su obra.


Regresó del campo rota, atormentada y destruida por dentro y por fuera. Pero, en 1950, conoció a un joven sacerdote, Karol Wojtyla, y la vida comenzó a sonreírle. «Se convirtió en mi confesor, me ayudó a salir del atroz dolor del lager y, gracias a él, dejé de sentirme culpable por haber sobrevivido a tantos niños y a tantas mujeres». Ahí nació una amistad inquebrantable. «Desde el primer momento en que le vi estuve segura de que sería santo. Irradiaba una luz interior imposible de esconder». Y, aunque la vida, los llevó por caminos diferentes, siempre permanecieron unidos.


Wanda se hizo psiquiatra y se casó con Andrei, tuvo cuatro hijos y una familia feliz. Ésa fue también la familia del huérfano Karol para siempre. La familia con la que incluso se iba de vacaciones. «Vas paso a paso junto a mi sacerdocio», le dice, años después, el Wojtyla ya Papa en una de sus cartas. Y añade con absoluta cercanía: «Fue bonito poder escuchar por teléfono tu voz y la de Andrei y Marian. Me alegro de que vengáis aquí. Espero poder encontrarme con vosotros, contigo, no en grupo sino en un ambiente familiar, aunque sea por un rato».


En 1962, Wanda enfermó de cáncer. Desahuciada por los médicos, Karol no se resignó y escribió una carta al Padre Pío de Pietrelcina, famoso taumaturgo italiano, pidiéndole que rezase por ella. «A éste no se le puede decir que no», contestó el fraile capuchino al compañero que le entregó la carta del entonces arzobispo de Cracovia. 11 días después, Wanda se curó por completo. Un auténtico milagro, atestiguado por los médicos. El joven obispo polaco, entonces en Roma para participar en el Concilio, volvió a mandar otra carta al Padre Pío, para darle las gracias y comunicarle: «La mujer enferma de cáncer se ha curado». Años después, lo hará beato y santo.



SODALICIO ESPIRITUAL

Como arzobispo de Cracovia, Wojtyla siguió trabajando codo con codo con su amiga Wanda. «Escribíamos juntos y pensábamos juntos cómo salvar el amor humano entre un hombre y una mujer», dice ella. Formaban una especie de sodalicio espiritual. Por eso, en 1978, cuando el ya cardenal Wojtyla parte al cónclave, Wanda tiene una corazonada y le pregunta: «¿Qué nombre escogerás cuando te elijan Papa?». A los pocos días recibe una carta de cuatro folios firmada por Juan Pablo II. «En estos momentos, pienso en ti. Siempre pensé que en el campo de Ravensbrück también sufriste por mí (...). Sobre esta convicción se asentó la idea de que sois mi familia y tú una hermana».


Y el Papa añade: «Quiero seguir caminando contigo, día a día. No sólo por medio de la oración diaria, sino también por medio de ideas y meditaciones, como hasta ahora». Y, de hecho, Wanda lo visitaba a menudo en Roma. Y le hablaba siempre con la libertad y la franqueza de los amigos íntimos: «Como Papa, no sólo tienes que rezar, sino también gobernar». Ella misma daba indicaciones sobre los curas que creía que eran idóneos para la mitra episcopal. Y les ponía la cruz a otros. Como obispos, le gustaban los clérigos con personalidad, con las ideas claras e inteligentes.


Juntos pasaban todos los veranos en Castelgandolfo y tanto ella como su familia eran asiduos de los apartamentos privados pontificios. En las duras y en las maduras. Wanda pasó meses a su cabecera, leyéndole libros de historia y novelas polacas, mientras se recuperaba del atentado de Ali Agca. Y el último año de la vida de Juan Pablo II lo pasó casi entero en sus estancias vaticanas. El 2 de abril de 2005, cuando expiró, Karol tenía a su lado a su «queridísima Dusia».