miércoles, 30 de julio de 2008

IGNACIO: Maestro del discernimiento espiritual

Publicado en la Hoja Borja, con motivo de la festividad del santo, el 31 de julio
29/07/2008 - El Concilio Vaticano II, secundando los deseos del papa Juan XXIII, nos invita a saber "discernir los signos de los tiempos" en un mundo en cambio. Este discernimiento urge aplicarlo en el ámbito de nuestro trabajo, de nuestra relación con los amigos, del trato familiar. Y, naturalmente, tiene una proyección particular en nuestra vida espiritual personal.

Ignacio de Loyola destaca en la historia de la Iglesia como el fundador de la Compañía de Jesús, a la que dotó de unas Constituciones que son la admiración de propios y extraños; como un sabio y eficaz gobernante en su rica correspondencia epistolar; como el creador de un nuevo itinerario para el encuentro con Dios a través de los Ejercicios Espirituales, fruto de su profunda experiencia mística en la cueva de Manresa, que luego plasmó en el librito que lleva ese nombre.
Y es en este librito de los Ejercicios Espirituales donde Ignacio manifiesta su maestría para el discernimiento espiritual. Está presente en la estructuración global de los Ejercicios, en la estrategia propia de cada semana, en la dinámica interna de cada ejercicio sea meditación o contemplación. Pero, sobre todo, el discernimiento ignaciano se capta en la numerosas reglas u observaciones que se van entreverando a lo largo de esta gran experiencia espiritual. Así, las Anotaciones, Adiciones, Preámbulo para hacer elección, Reglas para ordenarse en el comer, Reglas para distribuir limosnas, Reglas para sentir en la Iglesia, etc.
Es, sin embargo, en las escuetas pero precisas "Reglas para discernir espíritus" donde San Ignacio emerge como finísimo conocedor de la acción del ángel bueno y del ángel malo en los entresijos y vericuetos del ser humano, siempre Dios presente. No es posible en estas breves líneas ni siquiera resumir su contenido. Sólo indicar que un grupo de estas reglas son más propias para ayudar al cristiano a convertirse a Dios, saliendo de su vida de pecado -tiempos de desolación-; y otras, para iluminarnos en el camino de nuestro seguimiento de Cristo -tiempos de consolación-.
Con todo, me atrevo a expresar algunos de los principios básicos del discernimiento ignaciano que subyacen en todas estas reglas. Sucede con frecuencia que nuestro propio criterio u otra persona o el tentador nos hacen ver como bueno lo que Dios no juzga como tal. Hay algunas cosas que tienen una falsa apariencia de virtud, o también de vicio, que engañan a los ojos del corazón y que vienen a ser como una impostura que embota la agudeza de la mente, hasta hacerle ver lo malo como bueno y viceversa. Eso forma parte de nuestra limitación humana y de nuestra condición pecadora ( lamentable y, a veces, temible), objeto de la superación cristiana.
La decisión en el obrar es recta cuando se rige por la voluntad divina; la intención es buena cuando tiende a Dios sin doblez (la rectitud de intención, tan presente en la vida y escritos de Ignacio). La recta decisión es incompatible con el error; la buena intención, excluye la ficción. En esto precisamente consiste el verdadero discernimiento: en la unión de la recta decisión y de la buena intención. Todo, por consiguiente, debemos hacerlo pensando que obramos en Dios y ante su presencia. San Juan nos dice: Examinad si los espíritus vienen de Dios. Y Jesús sentencia: Si tu ojo es luminoso, todo cuerpo será luminoso. Por eso San Ignacio concluirá en la última contemplación de los Ejercicios: "En todo amar y servir a su divina majestad".
José Ruiz-Calero, S.J.

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