martes, 5 de agosto de 2014

Educación, revolución y cristianismo por Jorge Costadoat S.J.


En Chile hay una revolución en curso: venimos de una sociedad de individuos y vamos a una sociedad de personas. ¿Qué educación se necesita para dejar de formar individuos y comenzar a formar personas? Este es el asunto.
Venimos de una sociedad que perdió el sentido del Bien común para constituirse en una especie de agregación de individuos. Con el “golpe” fracasó el Chile social (ese que, por ejemplo, fue capaz de aprobar por unanimidad la chilenización del cobre). Una razón a no olvidar del quiebre del país, según Ricardo Lagos en sus memorias, es que las expectativas de desarrollo social las últimas décadas habían crecido mucho más de lo que creció la economía que debía sustentarlas. El Chile social no estaba respaldado económicamente hablando. Augusto Pinochet, por su parte, introdujo el neoliberalismo y lo aseguró al nivel de la Constitución. ¿Qué resultó? Un país de individuos que habrían de rascarse con sus propias uñas. No de personas, sino de individuos, seres que no tendrían nada que reclamar de los demás porque en tal sociedad todo habría de conseguirse mediante una competencia darwiniana. “La competencia perfecciona”, se nos decía. Pero si en 1973 fracasó el Chile social, durante el gobierno de Sebastián Piñera fracasó el Chile individualista.
Lo que rebrota hoy es el Chile social. ¡Notable! Volvemos a nuestra mejor tradición. ¿Cómo la sustentaremos? Un asunto es el financiamiento: se hará una reforma tributaria. Otro, un cambio de Constitución política: se necesita una que asegure al más alto nivel el reconocimiento de personas que, siendo iguales en dignidad, pueden desarrollarse en plenitud mediante procesos de intercambio de sus diversidades (ideológicas, religiosas, étnicas, de género, etc.) y de su colaboración mutua. A diferencia del concepto de individuo, el concepto de persona alude a un ser capaz de ser sí mismo, único y original, gracias a relaciones de respecto, de reconocimiento y de solidaridad con los demás. Si conceptualmente el individuo es un competidor, la persona en cambio es colaboradora. Si en el Chile individualista el bien social es la suma de los bienes de lo que cada uno gana para sí y el rebalse de los ricos a los pobres, en el Chile social predomina una idea de Bien común de acuerdo al cual lo que cada uno gana tiene una hipoteca social, pertenece a personas que no han llegado a ser tales sino a través del esfuerzo de unas por otras y con otras. Es así que el Chile social es igualitario (reconoce derechos a todos) e integrador (valora las diferencias, auspiciando su desarrollo, su intercambio y su conjugación).
Lo que está en juego no es una reforma sino una revolución educacional: está en juego el Chile que se quiere formar. Todos desean mejorar la calidad de la educación. Pero ¿calidad para competir mejor o para compartir mejor? Debemos reconocer que se necesitan ambas calidades. Pero, en el paso al nuevo paradigma de sociedad, no se trata de ofrecer el mismo tipo de educación ahora sí para todos, sino de ofrecer una educación diferente, más social; una que aliente el esfuerzo personal sin perjuicio de la colaboración con los demás, sino en función de ella. No sabemos si el país será capaz de sustentar económicamente un cambio tan grande. Tampoco sabemos si el gobierno tendrá la pericia para cumplir lo que promete. Las señales son preocupantes. Pero la apuesta es muy seria: una sociedad igualitaria e integradora requiere poner en funcionamiento ya una educación que practique estos valores.
¿Qué ocurre con la Iglesia? Hay en ella una voluntad de verdadera contribución. Este es el país que ella más quiere. Su opción por los pobres es una opción por la igualdad y la integración de todos, a partir de las necesidades de los excluidos. Sin embargo, en el área chica, las cosas son más complejas.
La Iglesia ante esta realidad tiene una dificultad de fondo y una aprensión razonable. Esta consiste en una cautela. La Iglesia chilena teme que quien pague por la educación, el Estado, termine controlando los contenidos de la enseñanza. ¿Aprensión infundada? No, cuestión de lucidez. Este gobierno no ha dado ninguna señal de ser totalitario. Pero si el Estado pone el financiamiento quedará despejada la posibilidad de menoscabar la libertad de educación a futuro. Esta, sin embargo, no es una dificultad de fondo. Una nueva Constitución tendría que asegurar políticamente que el país no sólo será igualitario, sino también integrador. Es decir, asegurar que la educación de calidad habrá de consistir también en el cultivo y la oferta de proyectos plurales.
Hay, sin embargo, una dificultad más de fondo. Los colegios de elite conspiran en buena medida en contra del Chile social. Ellos, de suyo, son colegios del Chile individualista y egoísta, verdaderas fábricas de desigualdad y de desintegración. La Iglesia cumple un servicio educativo enorme de niños de clases medias y pobres. Pero educa a parte de la elite. Lo que en el siglo XIX y buena parte del XX fue un aporte muy notable, en el actual escenario histórico ya no lo es. Que haya una elite de cristianos con una profunda vocación social es indispensable –como también lo es que haya una elite atea o de otras orientaciones filosóficas o religiosas con esta misma vocación–, pero se ha vuelto insostenible que la calidad de la educación pueda conseguirse a través de instituciones que seleccionan y, por tanto, excluyen. Las instituciones de exclusión muy difícilmente forman elites integradoras.
La Iglesia que quiere un Chile social necesita poner al día su cristianismo.
Jorge Costadoat S.J.
Cristo en construcción

lunes, 4 de agosto de 2014

La Iglesia enseña cuando aprende por Jorge Costadoat S.J.


Ante el Sínodo de la Familia


Hay un abismo entre la enseñanza eclesiástica y la práctica de los bautizados



(Jorge Costadoat, sj).- El Papa Francisco ha dirigido a los católicos 39 preguntas sobre moral sexual y familiar. De este modo ha dado comienzo a la preparación del Sínodo sobre la Familia que se realizará en 2015.
Francisco quiere auscultar en el mismo Pueblo de Dios qué está ocurriendo en esta materia. Hemos de creer que las suyas no son preguntas retóricas, sino que el Papa realmente quiere escuchar.
Las primeras respuestas hechas públicas (Alemania, Bélgica, Francia, Japón y Suiza) han dado origen a una inquietud. Hay un abismo entre la enseñanza eclesiástica y la práctica de los bautizados. ¿Qué hará la institución eclesial para superar la incomprensión detectada? ¿Puede hacer un progreso doctrinal en estas materias? Progresos doctrinales en la historia de la Iglesia ha habido muchos.
La Iglesia ha recibido una revelación irreductible al esfuerzo humano por comprender a Dios. La Iglesia sabe de la salvación porque Dios se le ha autorrevelado. En esta autorrevelación de Dios como amor, implícitamente se le ha revelado también el sentido del hombre y del mundo. Pero esto que ella sabe por revelación ha debido llegar a comprenderlo en un lenguaje y en unas categorías culturales e históricas. Dios se le ha dado a conocer de un modo humanamente comprensible.
La prueba teológica de lo anterior es el mismo Jesús. Dios se autorreveló a la Iglesia en Jesús de Nazaret. Jesús necesitó de María y de José que le enseñaron la lengua, que le enseñaron a rezar y a amar, para elaborar su mensaje con sus propias palabras. La Iglesia, por su parte, no desechó el Antiguo Testamento para quedarse solo con Cristo. Sin el Antiguo Testamento, no habría entendido la novedad de Jesús y su mensaje. Pero, además, sucesivamente necesitó el griego, el latín y las lenguas germánicas para anunciar a Jesucristo en la cultura occidental, cultura que, por otra parte, fue siendo influenciada por la fe cristiana. Hoy la Iglesia hace un esfuerzo no solo en actualizar su predicación en nuevas categorías –muchas de ellas científicas -, sino también en otras lenguas y culturas: latinoamericanas, africanas, asiáticas y oceánicas.
La Encarnación es histórica. Por esto, no sabríamos quién es realmente Dios sin Jesús, un judío, varón y del siglo I. La revelación tiene lugar en la historia y adopta características históricas. En cuanto mensaje, por tanto, es tan concreto como limitado y provisional. Su contenido es eterno: el amor de Dios. Pero el modo de conocerse este amor varía en épocas y territorios distintos. Nadie, por lo mismo, puede pretender identificar su modo de entender a Dios con Dios mismo; y, en consecuencia, su modo de entender al hombre y al mundo, con el modo que Dios tiene de hacerlo porque nadie podría agotar su expresión histórica y cultural.
En virtud de Cristo, por decirlo así, la Iglesia sabe cómo Dios salva su creación; y en virtud del Espíritu Santo llega a comprender, no sin esfuerzo, cómo lo hace. La confesión de Dios trino es equivalente a creer que Dios se da a conocer de un modo histórico, a través de los cambios y progresos culturales. La fe cristiana es trinitaria. No binitaria. No termina en lo que Jesús pudo hacer y enseñar. Es trinitaria. El Espíritu Santo continúa haciéndonos comprender lo que sabemos de Cristo por el Evangelio y la Tradición de la Iglesia, y lo hará hasta el final de los tiempos. La “verdad” cristiana ha quedado entregada a sucesivas interpretaciones; tantas, como las experiencias que la Iglesia puede tener de Cristo. Estas constituyen la Tradición con mayúscula, muy distinta de las tradiciones. El tradicionalismo otorga un valor absoluto a expresiones religiosas que pudieron tener valor en una época, pero que en otras épocas han perdido toda vigencia. La Tradición no es por esto “relativista”. Supera el relativismo, triunfando sobre el fundamentalismo y el fideísmo porque supone un concepto histórico de la razón humana.
De aquí que la Iglesia enseña cuando aprende. Aprende, cuando vive abierta al habla del Espíritu quien, a su vez, no lo hace sino a través de la humanidad ubicada histórica y culturalmente. Una Iglesia que pretende enseñar sin aprender no vive de la Trinidad. Cuando la Iglesia enseña al margen de una experiencia trinitaria de Dios, no enseña a nadie. Lamentablemente desorienta, culpabiliza y se hunde en la irrelevancia.
Pero la Iglesia comprende la revelación de Dios de un modo institucional. En ella hay autoridades. Hay un Magisterio que enseña cuál es el modo correcto de interpretar la fe del Pueblo de Dios. La interpretación de la fe hecha por el Magisterio tiene prioridad sobre las interpretaciones particulares. Pero la fe reside en el pueblo de Dios en su conjunto. Es en el sensus fidelium –el sentido creyente de los fieles- que la jerarquía de la Iglesia ausculta la voz de Dios y saca las consecuencias concretas de la revelación. Los fieles agradecen del Magisterio de los obispos una enseñanza que los conserva unidos y les permite anunciar a Cristo a los que no son cristianos. Pero todos los cristianos saben de Cristo y, por tanto, pueden también enseñar sobre él. Los laicos pueden enseñar a los obispos, si aprenden de ellos. Los obispos enseñan a los laicos, si aprenden de ellos.Todos pueden aprender y enseñar en la medida que viven obedientes a la voz del Espíritu; con la diferencia que los fieles encuentran en la jerarquía de la Iglesia una interpretación auténtica del Evangelio tanto en el campo de las costumbres (moral) como en el de la fe (creencias), y con distintos grados de obligatoriedad.
Esto significa, evidentemente, que los fieles –laicos, sacerdotes y obispos- se pueden equivocar o desobedecer; y que también el Magisterio pueda equivocarse, como se ha visto a veces en la historia de la Iglesia (Galileo es el caso emblemático). El Magisterio puede enseñar algo que los cristianos, en su gran mayoría, no practican o no creen. Ha sucedido muchas veces que los años terminaron por darle la razón al Magisterio. Esto, teológicamente hablando, se llamada “recepción” (aceptación, acogida). Pero también puede ocurrir que la enseñanza de la Iglesia no sea “recibida” por el Pueblo Dios, porque no se ha considerado el habla del Espíritu a través suyo. Sucede cuando el rechazo de una enseñanza oficial de una parte muy numerosa de los cristianos se mantiene por décadas. Puede ser que en estos casos el Magisterio no logra enseñar a los bautizados porque no se rinde a aprender de ellos.
La Iglesia en su historia ha hecho numerosos progresos doctrinales. El Vaticano II es el caso más impresionante. En aquella oportunidad el Concilio desechó los documentos preparatorios de los teólogos de la Curia romana, aunque fueran muy ortodoxos, e inició, con enorme audacia y fe, una etapa de creatividad teológica nunca vista. Juan XXIII y Pablo VI, los papas del Concilio, en vez de interrumpir los debates, guardaron silencio, dejaron discutir, escucharon y poco a poco fueron consiguiendo que las Constituciones y Decretos se aprobaran con grandes consensos.
RD

Algo para pensar y orar en esta semana



La espiritualidad ignaciana desea que seamos agradecidas/os, y, en nuestra gratitud, seamos “personas para los demás”

Un artículo sobre Cientología que leí hace poco, señalaba que ella es pricipalmente sobre “auto ayuda”. Las obras que los que la siguen para tener las cosas “claras”, parece ser todo sobre el “ser”. La espiritualidad ignaciana no podría ser más diferente.


Ella se construye sobre un “círculo virtuoso”. Al reflexionar sobre todo lo que somos agradecidas/os, y esa reflexión – que nos lleva hacia la gratitud – esperamos que además nos lleve hacia el servicio.


Cuando somos voluntarias/os, o servimos en alguna forma, nos encontramos reflexionando sobre lo que hacemos. Esa reflexión nos lleva de vuelta a la gratitud, y luego al servicio, con lo que completamos el “círculo virtuoso”.


Paul Brian Campbell, SJ

Espacio Sagrado

domingo, 3 de agosto de 2014

"San Pedro Fabro eligió estar con la gente"


Francisco celebra con jóvenes jesuitas


Bergoglio recuerda al primer sacerdote de la Compañía de Jesús


El papa Francisco ha presidido la misa en Santa Marta este sábado, con un grupo dejóvenes jesuitas, que habían participado también en la comida con el Papa el pasado día 31 en la curia de la Compañía de Jesús en Roma.
Durante la homilía, el Santo Padre ha hablado de la figura de san Pedro Fabro, cuya memoria liturgia se celebraba ayer. Compañero de san Ignacio de Loyola y primer jesuita ordenado como sacerdote, Fabro fue declarado santo por el papa Francisco, con canonización equivalente, el 17 de diciembre del año pasado.
El Pontífice ha recordado que la figura de san Pedro Fabro es decisiva en el camino de la primera Compañía. Además "ha hecho referencia al estilo de san Pedro Fabro, que era un estilo de cercanía pero también de discernimiento, diciendo que habría podido elegir cerrarse en fundamentalismos, en ideas claras, sin correr ningún riesgo y sin embargo -en el más auténtico espíritu de San Ignacio-, san Pedro Fabro ha elegido estar con la gente, estar con quien estaba lejos y hacer según el espíritu de discernimiento", explica el estudiante jesuita Nicolò Mazza, presente en la eucaristía.
El joven ha contado sus impresiones sobre lo vivido, en una entrevista a Radio Vaticana: "He sentido su presencia, sus palabras, también su estilo al estar en la mesa con nosotros, en el celebrar la misa esta mañana, como una invitación fuerte, una invitación muy incisiva a volver a lo que es más esencial, más auténtico en el carisma de la Compañía de Jesús y en la espiritualidad ignaciana".
Además, ha indicado que siente que el Papa es jesuita "por su sobriedad, la sencillez, el modo concreto de presentarse, de estar con nosotros... He tenido en algunos momentos, precisamente, la impresión de compartir algo con un hermano, un hermano mayor".
Cuando se han abrazado al despedirse, Nicolò Mazza indica que el Papa le ha dicho: "esto sí que es un abrazo de verdaderos hombres". Después, Francisco le ha recordado que en el pasado, le habían enseñado a abrazar a los hermanos con desapego sobrio y formal: "Esto no va bien. Me ha gustado más tu abrazo".
(RD/Zenit)

Aporte Ecológico a la homilía del domingo por Alejandro Londoño Posada, S.J.




Leemos en la primera lectura de Isaías: "Esto dice el Señor: Todos los que tienen sed, vengan a sacar agua, vengan los que no tienen dinero (Is 55, 1). Más adelante añade: "¿Para qué gastar dinero en lo que no alimenta, el sueldo en lo que no deja satisfecho?" (Is, 55,3). Son unas bellas comparaciones para ofrecer la vida, la alianza eterna, según las promesas hechas a David. Pero que como veremos más adelante, no sólo en el agua espiritual, sino en la natural.
El mismo profeta, un poco más adelante invita al pueblo a dejar que su Palabra produzca fruto: "Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven a subir allá sin empapar la tierra, sin fecundarla y hacerla germinar, sin producir semilla para sembrar y pan para comer..." (Is 55, 10).
Uno de los frutos que debe producir la Palabra en nosotros es la Solidaridad, el preocuparse por nuestros hermanos, el afán por cuidar la naturaleza para bien de todos.
En el Evangelio Jesús dice a los discípulos: Denle ustedes de comer, a pesar de que no tenían más que cinco panes y dos pescados. Era una prueba al sentido de solidaridad de ellos.
El compromiso con la Paz, se está insistiendo con toda razón, es un reto para todos. Habrá terratenientes que comprendan que el compromiso debe ser de un modo especial de ellos. Habrán otros que se cierren y mantengan como su dios la posesión de grandes terrenos. Habrá grupos guerrilleros que entiendan la necesidad de vivir en paz y sacar adelante las conversaciones de la Habana. Habrá otros que se empeñen asesina y suicidamente en no colaborar.
Una prueba de lo último es lo acaecido la última semana de julio. Un grupo de las FARC perjudicó a numerosas veredas y corregimientos del Putumayo, que les tocó sufrir las consecuencias de los derrames inmensos de petróleo. Más de 4.400 galones fueron arrojados con ocasión de los atentados en la vía Puerto Asís y Orito. Los pobres habitantes de esos lugares han tenido que soportar la carencia de agua limpia y la naturaleza ha sufrido un rudo golpe. Han muerto miles de peces, animales y plantas, con daños ecológicos que necesitarán años en su posible recuperación.
Relacionando este hecho con las lecturas, vale la pena sospechar que no faltará gente que se empeñe en que no tengamos agua limpia para calmar la sed. Tampoco faltarán personas, que tomen ocasión de estos hechos para insistir en continuar una guerra de más de 50 años, que tantos daños humanos y ecológicos ha causado.
Para nosotros, será la ocasión de preguntáramos cuáles serían esos frutos desde nuestro deber de fomentar un medio ambiente sano, unas relaciones familiares y sociales igualmente sanas. En esta labor esperamos, como dice Pablo a los Romanos, nadie podrá separarnos del amor de Cristo, que nos invita a la generosidad y a la solidaridad.
Jesuitas de Colombia

Pistas para la homilía por Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.


LA OFERTA QUE NINGÚN SUPERMERCADO HARÍA

. Lecturas:
 - Profeta Isaías 55, 1-3
- Carta de san Pablo a los Romanos 8, 35. 37-39
- Mateo 14, 13-21
• La primera lectura contiene unos ofrecimientos sorprendentes: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar". ¿Qué supermercado del mundo haría semejante propuesta? Podemos imaginar la multitud que se agolparía en sus puertas para poder beneficiarse de semejante oferta
* Podemos estar seguro que un aviso como este jamás aparecerá en los medios de comunicación, pues la lógica del mercado no lo permite. Más aún, aprovechan las situaciones de escasez para subir los precios y así especular con las necesidades de la población.

* Pues bien, esta oferta, que sería una locura dentro de una economía que se rige por las leyes del mercado, es la columna vertebral de la historia de la salvación. Es el amor providente de Dios que nos protege y acompaña.

* Como anunciadores de la buena noticia del Reino, debemos proclamar esta oferta del amor de Dios, que es de una generosidad sin límites pues está dirigida a TODOS. Esta oferta no tiene condiciones o restricciones como es frecuente en las promociones comerciales. Lo único que se nos pide es que aceptemos lo que se nos ofrece.


• En este texto del profeta Isaías aparecen unos verbos muy expresivos que nos permiten comprender el alcance del plan de salvación: “Escúchenme atentos”, “presten atención”, “sellaré con ustedes una alianza perpetua”, “cumpliré las promesas”. Es la voluntad salvífica de Dios que se comunica, de manera especialísima, con la comunidad y con cada uno de sus miembros.
• Estos verbos que acabamos de subrayar adquieren una profundidad insospechada cuando el Hijo Eterno de Dios se hace hombre; como hermosamente lo expresa Juan en el Prólogo de su evangelio, “la Palabra se hizo carne y estableció su tienda en medio de nosotros”.
• En un mundo agobiado por la injusticia y desgarrado por la violencia, anunciar a Jesucristo y acompañar a los hermanos para que lo descubran y lo amen es iluminar lo que está oscuro, es sanar lo que está herido.
• Esta oferta del amor generoso de Dios que nos comunica el profeta Isaías, adquiere unas profundidades muy especiales en el relato del evangelista Mateo sobre el milagro de la multiplicación de los panes. Este texto nos permite conocer los sentimientos del corazón de Cristo: “Vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos”.
• Esta sensibilidad del Señor ante el dolor humano aparece en cada página de los relatos evangélicos. Era una sensibilidad que pasaba a la acción, es decir, iba a la causa profunda de ese sufrimiento y lo sanaba. Su capacidad de sanación del dolor humano estaba dirigida al ser humano visto como un todo integral; Jesús sanaba los cuerpos y los corazones, transformaba el curso de sus vidas y les habría horizontes insospechados de fe, esperanza y amor.
• Este relato de la multiplicación de los panes, además de demostrar la delicadeza del corazón de Cristo, tiene una íntima conexión con la eucaristía. Es como un anticipo de lo que más tarde haría en la Última Cena; los gestos y las palabras de Jesús frente a esta multitud hambrienta son muy semejantes a los de la institución de la Eucaristía.
• Vale la pena que nos detengamos en unos detalles muy significativos de este relato: “Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos”:


- El alimento que nos regala el Señor a través de su Palabra y del Pan eucarístico nutre nuestro espíritu y satisface las necesidades más profundas del ser humano.
- Se da, pues, una articulación entre el texto del profeta Isaías, en el que se invitaba a acercarse a todos los que tenían hambre y sed, y la plenitud del banquete eucarístico al que el Señor personalmente nos invita a compartir.
• Las celebraciones litúrgicas deberían prepararse con cuidado para que los fieles vivan intensamente este encuentro con la Palabra y el Pan de Vida. Lamentablemente, la improvisación es bastante frecuente en las eucaristías dominicales, y lo que debería ser un momento intenso de celebración de la comunidad de fe, es, en realidad, el lamentable espectáculo de unos lectores que no están capacitados para desempeñar este ministerio, unos cantos desentonados y una homilía desconectada de la vida real de los fieles. Así la celebración, en lugar de ser espacio privilegiado para este banquete que nutre a la comunidad y robustece su fe, se experimenta como una obligación carente de sentido.
La generosidad infinita de Dios, que en el texto del profeta Isaías se expresa en una oferta que sería demencial en el contexto de una economía de mercado pero que se comprende dentro de la lógica de la historia de la salvación, nos depara otra sorpresa en el relato de la multiplicación de los panes, donde se preanuncia el regalo maravilloso de la mesa eucarística, en la que el Señor se nos da como alimento.
Jesuitas de Colombia

El mensaje del domingo por Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.



En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se fue solo en una barca a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud; tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban. Como ya se hacía de noche, los discípulos se le acercaron y le dijeron: "Ya es tarde, y este es un lugar solitario; despide a la gente para que vayan a las aldeas y se compren comida".

Jesús les contestó: "No es necesario que se vayan; denle ustedes de comer. Ellos le respondieron: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". Jesús les dijo: "Tráiganmelos aquí". Entonces mandó a la multitud que se sentara sobre la hierba. Luego tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, pronunció la bendición y partió los panes. Los dio a los discípulos y ellos lo repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos; recogieron los pedazos sobrantes, y con ellos llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mateo 13, 14-31).

El mismo evangelista que nos trae hoy el relato de la primera multiplicación de los panes y pescados, narra más adelante otro milagro similar; en cada uno de los evangelios de Marcos y de Lucas hay también dos relatos parecidos, y el de Juan presenta solo uno. Así pues, son en total, siete las veces que en el evangelios se cuentan relatos de multiplicación de panes y peces obrados por Jesús, lo que nos muestra la importancia que tuvo este hecho milagroso en la memoria de sus primeros discípulos. Veamos cómo podemos aplicarlo a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas [Isaías 55, 1-3; Salmo 145 (144); Romanos 8, 35-39].


1.- Se fue solo en una barca a un lugar apartado
Lo primero que nos trae el relato es algo que igualmente encontramos en otros pasajes de los evangelios: Jesús busca espacios de soledad que le permitan descansar y alejarse del ajetreo cotidiano para meditar y orar. En esta ocasión se acaba de enterar de una noticia humanamente difícil de asimilar: la muerte de su pariente y precursor Juan Bautista, a quien ha asesinado el rey Herodes mandándolo decapitar.
También nosotros necesitamos el silencio interior para disponernos al encuentro personal con Dios y ser confortados por Él en medio de las situaciones que constantemente tenemos que afrontar, especialmente en los momentos difíciles. Necesitamos buscar y encontrar espacios para nosotros mismos, para nuestro descanso y renovación personal, en los que podamos escuchar la palabra de Dios que nos reconforta. Este es el sentido del domingo o día del Señor, como también el de los espacios de recogimiento que es importante buscar cada día.

2.- Vio la multitud, tuvo compasión de ellos y curó a los enfermos que le llevaban
Todas las personas que buscaban a Jesús ávidas de sus enseñanzas y sus acciones sanadoras, al encontrarlo experimentaban su actitud disponible especialmente para los más necesitados. Era una actitud de com-pasión, en el sentido más pleno de lo que significa com-padecer: sentir-con, padecer-con. Y varias veces cuentan los evangelios que Jesús “tuvo compasión”, empleando en griego un verbo que significa “se le revolvieron las tripas”. Así quiso Dios sentir humanamente con nosotros.
Por eso, si queremos ser auténticos discípulos y seguidores suyos, debemos disponernos a reproducir en nuestra vida la misma actitud. Todos podemos realizar esta com-pasión contribuyendo a sanarnos y ayudarnos unos a otros con una disponibilidad solidaria de servicio y de ayuda mutua.
3.- Partió los panes y los pescados, los dio a sus discípulos y ellos los repartieron
El milagro de la multiplicación de los panes y pescados expresa el cumplimiento de las promesas que Dios había anunciado en el Antiguo Testamento a través de sus profetas acerca de la abundancia de un alimento renovador que él mismo haría posible para todas las personas que acogieran su Palabra y lo invocaran sinceramente. Tal es el sentido de la primera lectura y del salmo responsorial. Pero detengámonos en algunos aspectos del relato del Evangelio de hoy.
- La multiplicación de los panes y pescados es una imagen del sacramento de la Eucaristía, al que los primeros cristianos llamaron fracción del pan como signo de la presencia de Jesús que nos alimenta con su propia vida entregada y resucitada. Y él mismo iba a ser representado también desde los comienzos de su Iglesia con la imagen del pez, “ICTUS” en griego, cuyas letras son las iniciales del nombre y los títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theos, Uios, Soter (Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador).


- La multiplicación de los panes y pescados es una acción comunitaria. Jesús no los da directamente a todos, sino que los entrega a los discípulos para que los repartan entre la gente. Esto significa que la tarea de contribuir a la alimentación de todos no le corresponde sólo a Él; es una tarea colaborativa en la que cada cual debe aportar.
- La multiplicación de los panes y pescados no es un acto de magia como los trucos de los prestidigitadores –sin demeritar el ingenio recreativo de los profesionales de la llamada “magia blanca”–. Por el contrario, la enseñanza de este milagro podría resumirse así: donde existe una sincera voluntad de compartir, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; en cambio, donde no existe esa voluntad, aunque haya mucho, unos pocos acaparan todo y las mayorías padecen hambre. Esto último es lo que a sucede cuando las estructuras injustas hacen que unos pocos se enriquezcan cada vez más a costa de muchos cuyo número crece y que se empobrecen cada día más. Por eso, para ser coherentes, debemos llevar a la práctica lo que realizamos en la Eucaristía: compartir entre nosotros la mesa de la creación, significada en el pan y el vino, para que se realice en nuestra vida la presencia de Dios, que es Amor, revelado en su Hijo Jesús.
Dispongámonos a ser alimentados constantemente con este Pan de Vida que es el mismo Jesucristo resucitado, para que, como escribe el apóstol Pablo en la segunda lectura de hoy, nada nos aparte de su amor a pesar de las dificultades que tengamos que afrontar en nuestra existencia cotidiana.-
Jesuitas de Colombia