martes, 12 de diciembre de 2017

Conversando con Jorge Costadoat sj. sobre su último libro FRANCISCO: UN PAPA QUE MIRA LEJOS



Nos hemos reunido con nuestro amigo Jorge Costadoat sj y en esta conversación nos cuenta de su último libro, "FRANCISCO: UN PAPA QUE MIRA LEJOS y sobre este libro escribe en la contratapa de él:

"Es opinión común que la Iglesia debe adaptarse, acomodarse o ajustarse a los tiempos. Esta necesidad proviene, además, de la misma índole histórica del cristianismo. Pertenece al dogma de la encarnación que, al hacerse el Hijo de Dios un ser humano como nosotros, tuvo que desarrollarse y llegar a ser adulto como cualquiera. La Virgen le enseñó a hablar, a rezar, entre otras muchas cosas más. Jesús no nació sabiéndolo todo. También la Iglesia en dos mil años ha debido aprender de su experiencia de Cristo. Lo ha hecho con dificultad, formulando su fe en él paso a paso; queriendo siempre comunicar el Evangelio de un modo original a las nuevas generaciones.
El libro en sus manos pretende exactamente eso, en una época en que en muchos países la pertenencia a la Iglesia se desmorona. Los católicos que dejan de creer en la Iglesia, tarde o temprano pueden dejar de creer en Jesucristo. Los motivos de esta crisis son sin duda varios. En cuanto a lo que a mí me interesa, deseo ayudar al papa Francisco a anunciar a Cristo en las claves culturales en las cuales él puede ser comprendido hoy.
Este libro se compone de varias columnas publicadas en portales electrónicos y algunos artículos publicados en revistas teológicas. Por esto mismo, no es obligatorio leerlo de principio a fin. Puede el lector. por tanto, comenzar la lectura por cualquier título y, si se anima, leer también otros






lunes, 11 de diciembre de 2017

Algo para pensar y orar en esta semana


Héroe
¿Qué es un héroe? Héroe es una persona que actúa para ayudar a otras personas. A eso es lo que el Espíritu Santo nos llama. Cuando el Espíritu descendió sobre María, luego que el ángel Gabriel le dijo que iba a ser la madre de Jesús, ¿qué hizo ella? Ella actuó. Empaquetó sus bártulos y viajó a visitar a su prima Isabel. ¿Para qué? Para servirla. Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Jesús, luego de su bautismo por Juan, ¿qué hizo Jesús? Actuó para iniciar su misión y comenzó a servir. Cuando el Espíritu descendió sobre los apóstoles en Pentecostés, ¿qué hicieron ellos? Vencieron sus temores y comenzaron a servir, no solo a un grupo de personas, sino que a todas las naciones.
Nosotros también somos llamados a servir, a no temer. Con el Espíritu Santo ya habitando en nosotros, no hay tiempo que perder. Necesitamos actuar ahora y ayudar a los que nos rodean, ya sea un miembro de la familia, un amigo, un compañero de trabajo, un desconocido en la calle, nuestro medio, nuestra nación o nuestro mundo.
Gary Jansen
Espacio Sagrado

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Decisiones que sí están en nuestra mano por Elisa Orbañanos



Lo hacemos cada día, desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos. ¿Qué ropa me pongo hoy? ¿A qué hora quedamos? ¿Envío ese correo ahora o lo dejo para mañana? ¿Dónde cenamos? Nuestra rutina y la forma en la que vivimos nuestra vida están directamente condicionadas por cada pequeña toma de decisiones. Y precisamente, porque lo hacemos a cada momento, en ocasiones banalizamos la capacidad y el impacto de nuestras elecciones.
Un proverbio chino ligado a la teoría del caos dice que «el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Y si bien es cierto que no toda opción que escogemos deja la misma huella y, por tanto, no es necesario obsesionarse ni hacer de todo un dilema, sí es importante dejar espacio al discernimiento cuando nuestras alternativas tendrán consecuencias sobre otras personas. Cerca o lejos. Conocidas o no.
Porque a veces tendemos a pensar que solamente las decisiones de los altos mandatarios tienen impacto sobre las vidas ajenas. Agradecerles y culparles a ellos es, sin duda, mucho más sencillo y cómodo que hacernos cargo de nuestras propias responsabilidades e impactos. 

Recibir con indignación noticias como la aprobación por la Corte Suprema de Estados Unidos del veto migratorio, es fácil. Como ciudadanos y ciudadanas mínimamente comprometidas o conscientes, como parte de la Iglesia católica, es natural (y me atrevería a decir que necesario), revolverse. Y ante casos así, lo cierto es que cabría alzar la voz. Estar en contra no es suficiente si no lo expresamos.

Sin embargo, los quehaceres del día a día, las preocupaciones familiares, los exámenes a la vuelta de la esquina y otras muchas inquietudes diarias, nos impiden legítima y habitualmente, hacernos cargo de decisiones ajenas tomadas en otro continente, que afectan exclusivamente a personas a miles de kilómetros.

Pero, ¿Qué hay de las decisiones que sí podemos tomar? ¿Cómo nos posicionamos cuando la capacidad de influir sobre el destino de otra persona es nuestra? ¿Discernimos suficientemente las consecuencias de nuestras elecciones más importantes?

Que todas, todos y cada uno de nosotros podemos poner nuestro granito de arena no es solamente una frase manida, sino toda una realidad. Y cada día tenemos ejemplos. Porque al tiempo que leemos que el gobierno de Trump veta la entrada a familias provenientes de seis de los países más golpeados por el hambre o la guerra en la actualidad, descubrimos que unos cuantos pilotos alemanes, héroes anónimos, dejaron en tierra más de doscientos vuelos en lo que va de año, negándose a deportar a demandantes de asilo de vuelta a Afganistán.

Tomarse el tiempo de analizar uno a uno los casos de sus pasajeros, no entra en las tareas de la descripción de puesto de un piloto. Negarse a despegar con ellos a bordo, puso en riesgo sus empleos y sus carreras. Pero rechazar llevar de vuelta a esas familias a un destino que consideraban inseguro, fue tremendo efecto mariposa positivo sobre el destino de cientos de personas.

Sobre nosotros y nosotras recae la responsabilidad de escoger nuestros aleteos.
Elisa Orbañanos
pastoralsj


martes, 5 de diciembre de 2017

Algo para pensar y orar en esta semana


El Amor de Dios
Por medio de acciones concretas, Jesús nos muestra cómo Dios nos ama. En los Evangelios vemos a Jesús mostrándonos cómo Dios ama, a través de la sanación, del perdón, de la miserocordia y de la compasión. Jesús detecta y responde a las necesidades más profundas de los corazones humanos. A un ciego le da la vista; a un paralítico la capacidad de levantarse y caminar; a un leproso y marginado,  limpia su cuerpo y lo reincorpora a su comunidad; a un mujer enferma hace años, sana su cuerpo y su alma; a una persona pecadora le entrega misericordia y esperanza para un mejor futuro.
Jesús nos muestra cómo Dios nos observa, con ojos de compasión y amor, aceptándonos donde estemos y amándonos tal como somos. Jesús no espera hasta que seamos perfectos, o que nuestras vidas se hayan ordenado, o que dejemos de pecar. Jesús entra directamente en lo revuelto de la humanidad y en su camino encuentra a los heridos, quebrados y sucios
Becky Eldridge
Espacio Sagrado

martes, 21 de noviembre de 2017

Algo para pensar y orar en esta semana. La intuición del niño


Si tengo algo que deseo decir, y que es muy difícil de aceptar por los adultos,
entonces lo escribiré en un libro para niños…

Los niños aún no se han encerrado por miedo a lo desconocido,
a la revolución, o al desbande que busca la seguridad.
Ellos son aún familiares con el vocabulario del mito, que aún no nace.

Madeleine L’Engle
¿Qué era lo que yo amaba cuando era niña/o? ¿En qué creía, y a qué me comprometía, antes que algún adulto me dijera a qué debía comprometerme, o qué debería creer o amar? ¿Lo puedo recordar después de tanto tiempo? Salvo que mi niñez haya sido horrorosa en algún sentido – y algunas han sido – yo disfruté el tiempo, aunque corto, en que confiaba en mi intuición de niño, cuando me comunicaba fácilmente con mi espíritu y con Dios.
Ginny Kubitz Moyer, Jessica Mesman Griffith, Vinita Hampton Wright, and Margaret Silf

Espacio Sagrado

jueves, 16 de noviembre de 2017

La sangre de los mártires... por José María Rodriguez Olaizola, sj



El 16 de noviembre se recuerda el asesinato, en 1989, en la Universidad Centroamericana (UCA), de la comunidad de jesuitas que allí vivía, junto con la mujer que trabajaba en la casa y su hija. Una vez pasada la efemérides, la memoria y el aniversario, antes de que la actualidad envíe al olvido esa noticia, conviene apuntar algunas lecciones que nos da la historia y la vida.
Lo primero es tratar de entender los conflictos. No se trata solo de que el ejército los matara por defender a los pobres (aunque eso ocurrió). Se trata de una historia más larga. Una historia jalonada por otros nombres: Rutilio Grande, monseñor Romero, y tantos hombres y mujeres que, en El Salvador, se implicaron en una lucha por transformar la sociedad. Se trata de la opción de una Iglesia encarnada y enraizada en un contexto herido y golpeado, por leer el evangelio en clave profética y transformativa. Se trata de la valentía de quienes, frente a la conveniencia, la comodidad o la seguridad, eligieron la justicia que nace de la fe. Se trata de la dinámica terrible del pecado que mutila, oprime e intenta imponer su lógica implacable. Pecado que genera estructuras excluyentes. Pecado que ciega a quienes se dejan envolver por su canto de egoísmo y dominio. Pecado que prefiere los golpes a las palabras, las armas a las herramientas, los profetas muertos a los profetas vivos.
Es bueno, y es necesario, conocer esas historias. Entender qué fue la teología de la liberación, y qué puertas abrió en aquel contexto americano, donde la polarización era terrible. Comprender las luces y las sombras personales, eclesiales y sociales que entraron en juego. Vibrar al constatar que la sangre de los mártires no quedó impune, sino que sirvió para remover conciencias, inercias y convenciones –aunque siga, interminable, la batalla entre egoísmo y generosidad, odio y amor, opresión y justicia–.
Si, como se viene anunciando, no ha de tardar la canonización de monseñor Romero, será una gran ocasión para releer su vida, su compromiso y su conversión. Para salir de estereotipos y clichés que todo lo interpretan en claves ideológicas. Y para dejar que estas vidas comprometidas nos recuerden, a los cristianos de todos los tiempos y contextos, que el que no da la vida (cada día), la pierde.
José María Rodríguez Olaizola sj
pastoralsj

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Juzgar con cabeza por Álvaro Zapata sj


Hay veces en que pareciera que no es necesario ir a juicio para castigar a alguien. Es tan evidente el delito, nos horroriza tanto, nos parece tan deleznable que sencillamente esa persona debería ir inmediatamente a la cárcel sin más. No entendemos por qué necesitamos un procedimiento largo y costoso para demostrar algo que ya sabemos todos.
Algo así nos pasa esta semana cuando ha empezado el juicio al grupo que fue detenido por violar a una mujer en Sanfermines, “La Manada”, como son llamados. No podemos entender por qué tiene que transcurrir un año para que esto suceda. ¿Tan complejo es el asunto? Probablemente no, y aunque tenemos razón al pensar que la Justicia es lenta, a veces es necesario dejar transcurrir el tiempo para poder ofrecer una decisión objetiva e imparcial, que verdaderamente proteja a la víctima y no cause más daño. El paso del tiempo nos hace calmar los ánimos, nos volvemos menos viscerales. Eso no significa ser más comprensivo o indulgente. Significa poder asumir todo el daño que se ha causado y dar la respuesta adecuada, proporcionada. No la que nos saldría de las entrañas, que probablemente pasaría por un linchamiento público.
De hecho, durante este último año casi no hemos oído hablar de “La Manada”, y pareciera que los ánimos se han calmado, pero con la noticia del inicio del juicio la visceralidad ha vuelto, el deseo de causarles todo el daño posible corre como la pólvora en las redes y es amplificado por los medios. Pero no olvidemos que toca juzgar con la cabeza, no con el estómago. Incluso cuando creemos tener claro lo que ha pasado, juzgar a alguien tiene unas consecuencias demasiado serias y por eso lo dejamos en manos de profesionales. Porque somos conscientes de que si nos tocara hacerlo entre todos quizás acabáramos colocándonos al mismo nivel del que ha causado el daño, pagando la violencia con más violencia.
Álvaro Zapata sj
pastoralsj